SARA

Mientras el corte de luz ya llevaba más de dos horas, la luna creciente asomaba su vista bajo el marco de la ventana de la habitación, el frio de aquella Bogotá apagada hacia que todo se sintiera más decadente de lo que ya era para sí su propia vida.

Acostada en la cama, cubierta con una manta roja –quizás la única que le proporcionaba un poco de calor– y con la mirada perdida entre la imagen que reflejaba una ventana rota y sin cortinas, no podía dejar de imaginar lo que podría llegar a ser su vida fuera de allí. 

Atenta a la puerta solo esperaba que quien entrara primero fuera su hermano mayor, aún era temprano para que llegara, pero quizás con el corte de luz él lograra intuir que su hermana necesitaba de su compañía. 

Sonó la puerta, nadie habló. Sara se quedó inmóvil tapada de pies a cabeza, con la poca luz que se posaba sobre ella a través de la ventana intentaba ver por un pequeño hueco que le había hecho a su manta, pero era casi imposible enfocar una imagen clara en tal oscuridad. 

Cuando escuchó su nombre se estremeció, esa voz que hasta hace una semana atrás le hacía sentir que su mundo era color rosa, ahora le producía temor.

–Sara ¿estás en casa?

Suavemente se estiró tanto como pudo intentando no ser descubierta, pero algo falló, y un estrepitoso ruido se escuchó cuando la taza en la que estaba tomando chocolate y que había olvidado en la parte baja de su cama cayó al suelo y se partió en varios pedazos. 

¿Cómo pudo olvidar que esa taza estaba allí?, ¿cómo pudo ser tan tonta para olvidar que la única bebida caliente que había probado en todo el día se la había servido justamente en la última taza que quedaba en buen estado en aquella casa?  

–Aquí estas. ¿No me oíste llegar? ¿Estás bien? He traído un regalo para ti mi niña. Deja eso así, después lo puedes limpiar. 

Aunque la oscuridad se interponía al intentar ver de quien venía aquella voz, Sara lo tenía muy claro, inmediatamente cerro sus ojos, pero a los pocos segundos los abrió pues el miedo recorrió su cuerpo de principio a fin.

 Para él, realmente no importaba la ausencia de luz, estar así lo hacia todo más fácil, se sentó en el borde inferior de la cama y de forma sigilosa encontró los pies de Sara, ella continuaba envuelta de pies a cabeza con su manta roja y lo único que imploraba en ese momento era que llegara la luz.

Él, inmediatamente después de sentarse y sin perder el tiempo, tomo rápidamente con su mano izquierda la manta dejando los pies descalzos de Sara al descubierto, luego de acariciarlos llevo su mano más arriba por debajo de la manta intentando percibir que ropa llevaba puesta aquella niña indefensa de apenas 12 años, y para su sorpresa luego de recorrer todo el contorno de su pierna, encontró al tacto que llevaba puesto su uniforme del colegio. 

Fuertemente Sara unió sus piernas como si intuyera lo que esa mano intentaría hacerle si se posara bajo de su falda. Mientras tanto empuño sus manos contra su pecho agarrando tan fuerte la manta que alcanzaba a sentir sus uñas clavadas en la palma de la mano. Al hacer esto su cabeza quedó al descubierto y se encontró casi de frente con unos grandes ojos negros iluminados por un destello de luz de la luna. 

Y como si el tiempo fuera testigo de aquel horrible momento, sucedió lo inesperado, pero a la vez más que esperado. 

Mientras un cuerpo era movilizado por el deseo y el otro solo por el dolor, la puerta se abrió… al percibir la presencia de alguien más, rápidamente retiró su mano y tomó del piso un objeto que había dejado al entrar en la habitación. Y como si la magia existiera, inmediatamente volvió la luz.

– ¡Hola papá! ¡Qué temprano has llegado!

-Si hijo, pensé que tu hermana estaría sola temblando de miedo y no dude un segundo en venir a su cuidado y darle la sorpresa.

–¿Sara estas bien? ¿Esa es la manta de mamá? Desde que murió no la había vuelto a ver en casa. Dale, levántate es hora de hacer la comida. 

Y fue allí cuando papá lobo, entrego en manos de su hermosa hija una pequeña muñeca que vestía un corto uniforme de colegio… y fue así, sin decir palabra alguna que ella tan solo lloró.

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