Dos minutos

No fue sino asomarme al pasillo y sentir como mi vida se derrumbaba en cuestión de segundos. 
Dos minutos tardé en el baño, ¡solo dos minutos! Y ahora me encuentro paralizada a pocos metros de la puerta de entrada, que está abierta de par en par. Dos míseros minutos y lo único bueno que he hecho en mi vida se ha puesto en punta de pies, ha alcanzado el picaporte y ha salido de casa. 

Mi peor pesadilla se ha vuelto realidad, y como si la tierra hubiese tomado posesión de mi cuerpo no soy capaz de dar un paso afuera, de salir corriendo, de gritar.  

¿Porqué? ¿Por qué no le hice caso a mi abuelo cuando me dijo que si el nene estaba en casa debía colocarle doble seguro a la puerta? ¿Por qué se me ocurrió decirle que íbamos al parque? ¿Qué le voy a decir a mi esposo?

¿Puede el tiempo ser tan traicionero? Que en cuestión de segundos me ha recordado su primera risa, la primera vez que dijo mamá y cuando salió corriendo por esa misma puerta ayer en la tarde cuando su papá llegó del trabajo.

—Ana. Ana, ¿qué sucede? ¿Estás bien? Dale, no tenemos tiempo, tu padre nos espera en casa y antes debemos pasar por Juan al jardín. 

—¿Jardín? —respondí levantando bruscamente la mirada hacia el lugar donde mi esposo  aguardaba, justo en frente mío y al otro lado de la puerta que había captado por completo mi atención. 

—¿Estás bien?, me preocupas. Si por supuesto que al jardín. Recuerdas que esta mañana lo lleve yo porque tú te sentías enferma. ¿Acaso, donde pensabas que estaba Juan? Vamos, hace dos minutos tengo el auto encendido.

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