Sin retorno

El sol resplandece sobre Madrid, el viento parece una suave caricia y mientras el reloj sigue su curso, Fernando cierra la puerta de su casa dejando tras de ella el último recuerdo que su memoria guardará de lo que él llamaba «hogar».
Fiel a su rutina se dirige caminando por la calle de San Andrés hasta llegar a la Plaza del Dos de Mayo, donde en la panadería de la esquina consigue según él «los croissants de mantequilla más esponjosos al paladar de todo Madrid».
Luego de hacer la compra se sienta en las escaleras que dan al costado del monumento central de la plaza y es justo aquí cuando su rutina se quiebra por completo y sin posibilidad de retorno.
A su derecha y debajo del árbol que le proporciona una escasa sombra, una luz intermitente y el leve levantamiento del polvo de la tierra, llaman su atención: un celular está vibrando, el mismo que choca contra las raíces haciendo un ruido particular e insistente.
Observando a lado y lado distingue que la soledad de aquel lugar solo se interrumpe por su simple presencia. La curiosidad que es más fuerte que la voz de advertencia en su cabeza, le hace acercarse y al tenerlo frente a sus ojos y ver que la llamada es de un número privado, sin pensarlo lo toma y contesta. Intuye que quien está llamando es el dueño del móvil.
—Hola
—Si quiere continuar con vida, destruya el celular —es lo único que dice una voz grave y distorsionada a través del auricular.
—¡Hola! ¿Hola? —con el miedo comenzando a recorrer su cuerpo Fernando reacciona tirando el móvil al piso, del cual al caer sale volando la tapa y de allí una fotografía doblada en dos.
Por algunos segundos no puede más que observar las partes una al lado de la otra. No sabe exactamente que ha sucedido. Piensa que debe ser una broma, pero si no lo es debe reaccionar pronto y por nada del mundo seguir ahí.
El viento ha cambiado de rumbo, el sol se ha ocultado tras las nubes que ahora parecen anunciar lluvia, pero nada de esto importa, la paranoia se ha apoderado de él.
Reacciona y rápidamente toma la fotografía guardándola en su bolsillo, luego levanta las partes del celular y sale corriendo.
<<¿Si quiere continuar con vida, destruya el celular?>>, es lo único en lo que piensa Fernando mientras recorre las tres cuadras que lo separan del Teatro Barceló, donde trabaja hace más de dos años. Las pocas gotas de lluvia que han comenzado a caer ahora se mezclan con el sudor frío que baja de su frente.
Al llegar al trabajo ningún compañero logra oler el miedo casi paralizante que impregna el cuerpo de Fernando, quien sin saludar va directo al baño. Estando allí se encierra, saca las partes del celular las acomoda nuevamente y presiona el botón de encendido.
Mientras el móvil enciende, saca la fotografía, la desdobla y la imagen allí plasmada aumenta su nerviosismo: se observaba el torso descubierto de un hombre con la palabra «Thanatos» tatuado en la parte alta de su pecho, y sobre él, una pistola le está apuntando.
La puerta del baño suena, Fernando se asusta, pero se calma cuando escucha que es Diego su jefe hablando por celular. No presta atención alguna a la conversación, solo desea ver lo que está dentro del celular y confirmar si es o no una broma lo de la llamada.
Cuando se enciende se da cuenta que no necesita clave para acceder a la información. La imagen de fondo de pantalla corresponde a la fotografía de una mujer realmente hermosa.
La primera carpeta que impulsivamente busca es la galería de fotos, allí solo existen cuatro archivos de imagen y un video. Las cuatro fotografías muestran desde diferentes ángulos una cabaña en medio de un bosque. El video no tiene sonido, pero se ve claramente como le disparan de frente a un hombre. El rostro del asesino no está del todo enfocado, pero lo que sí quedó perfectamente visible por varios segundos es el cuerpo inmóvil en el pavimento.
Las manos de Fernando tiemblan como si lo que tuviese entre ellas estuviera quemando su piel. Alcanzó a reproducir tres veces la grabación. Algo aún no le cierra de todo esto.
No reconoce el lugar del asesinato, pero algo del cuerpo del hombre que disparó el arma, le parece familiar.
Cuando está a punto de marcar el número de la policía, su celular personal vibra: número privado. No sabe si debe contestar, pero al final lo hace.
—La curiosidad mató al gato —le dice la misma voz que le había pedido que destruyera el celular.
Seguido de esto golpearon la puerta del baño en el que se encontraba. Por instinto levanta los pies sobre el inodoro, pero un fuerte movimiento desde el otro lado abre la puerta de golpe. De frente tiene la respuesta a su incertidumbre: ese corte de cabello es inconfundible. Mientras el hombre le apunta con el arma en el pecho, Fernando solo cierra los ojos.
Dos horas después encontraron el cuerpo inerte de Fernando sentado en el inodoro con la cabeza recostada contra la pared, la evidencia demuestra que murió luego de recibir tres disparos en el pecho. Un papel arrugado dentro de su boca y con una sola palabra escrita es la única pista: Thanatos.

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